Volver a la tierra donde naciste es un remezón al alma. Tras meses lejos, una fiesta familiar fue la excusa perfecta para regresar por cuatro días a mi amado Ayacucho, el lugar donde están mis raíces. Hoy, una semana después, sigo sintiendo ese viaje. Volver me dejó orgullosa y esperanzada al ver cómo mi tierra crece, pero también me confronta con realidades que aún duelen.
Aquí les comparto estas reflexiones que me traje en la maleta de regreso a Lima (junto con las chaplas):
1. El despertar del motor emprendedor
Mi hermana Gabyto tiene una cafetería y restaurante llamada Tentación Huamanguina, ubicada a media cuadra de la Plaza de Armas. Al caminar por la zona, me sorprendió ver la cuadra repleta de nuevos emprendimientos: cafeterías, tiendas de regalos, boutiques de ropa y las infaltables pollerías. Ver este ecosistema comercial me hizo pensar en el tremendo impacto de la microempresa en la economía local; significa más empleo, mayor rotación de dinero y un orgullo huamanguino que se traduce en negocios propios.
2. Celebrar la vida: La batería de la conexión
Hay algo que extraño profundamente de mi niñez en Ayacucho: la cercanía física de la familia. Antes, bastaba salir a la puerta para armar un partido de vóley con los primos porque en dos cuadras vivíamos muchos. Esta fiesta familiar fue el pretexto idóneo para reconectar. Y como buen grupo de ayacuchanos, cuando suena la música, lo damos todo: desde cumbia y toriles hasta huaynos bien zapateados. Esas actualizaciones y risas con la gente que más quieres son el combustible para recargar nuestra batería humana.
Les dejo este carnavalito ayacuchano de los Warpas para su deleite y gozo.

3. La magia de las montañas y la bendición del Apu Conti
Al día siguiente de la fiesta, nos fuimos a Tambo del Sordo, la tierra de mi abuelo Felipe. Alfonso, mi papito, quien me enseñó a cruzar ríos y subir cerros desde que aprendí a caminar, lideró la caminata hacia Yuraq Casa (cerro de tierra blanca, en quechua), con su clásico «está muy cerca, a la vuelta». A casi 2,500 metros más de altura que en Lima, sentí a mi corazón latir desesperadamente buscando oxígeno, recondándome que mis piernas ya están olvidando la exigencia de los trails de las montañas. Pero al llegar arriba, la recompensa fue mágica: silencio absoluto, nubes azules, algunos árboles sobrevivientes en tremendas pampas, montañas por donde mires, y ni un solo rastro humano. Grité y escuché sólo mi eco, me descalcé para sentir las piedras, abracé la montaña y me rendí ante el Apu Conti, el apu de la familia, en señal de gratitud. El premio final al bajar fue el amor de mi tía Maura y mi prima Anita, quienes nos esperaban con mazamorra de leche de nuestras vacas felices y maíz. La cereza del pastel.

4. La incomodidad como maestra (y la mente de Project Manager)
Decidimos pasar la noche en la casa de campo de mi papá, en la comunidad campesina de Anchac Huasi. Tengo una fijación con mirar el cielo, y el de esa noche como todas las noches que he pasado ahí, libre de contaminación visual, un planetario natural e infinito en super alta definición, donde si te concentras y tienes suerte, verás estrellas fugaces. Sin embargo, la mente urbana y obsesionada con el control me jugó una pasada: extrañé la comodidad de Lima, a mi asistente de voz programando la música o encendiendo las luces. Para colmo, quisimos sintonizar el partido del Mundial de Fútbol y la falta de señal nos lo impidió por completo.

Sentir esa frustración e incomodidad, el frío calador de la madrugada y el agua congelada en las ventanas del auto me recordó algo vital: la incomodidad nos aterriza y nos obliga a estar presentes. Dormir abrigada junto a mis sobrinos, Oreo y Yuraq (los adorados perrihijos de mi hermana), escuchar los ladridos a lo lejos y, al amanecer, caminar junto al río sintiendo el frío mientras contemplábamos el despertar del campo y cómo el Sol coqueteaba por en medio de unas montañas, borró cualquier queja o reclamo, se trata de rendirse a la experiencia.
5. El poder del trabajo comunitario (la faena)
Mi visita coincidió con la faena de la comunidad. Aquello que los comuneros sembraron con esfuerzo a finales del año pasado, hoy veía la luz: la cosecha de papa en las montañas. Ver a la comunidad trabajar en un equipo el domingo entero, cargar los sacos pesados y llevarlos al almacén municipal fue una lección de management. A pesar de que el mercado a veces es duro y muchas veces terminan vendiendo el kilogramo a solo S/ 1.00, su convicción no flaquea. Ellos no solo trabajan; ellos viven, colaboran y se sostienen en comunidad.

6. Lo que todavía duele
Regresar también es abrir los ojos a lo que duele. Al salir de madrugada a pasear a las mascotas con mi hermana cerca del mercado Santa Clara, nos topamos con decenas de perros en situación de abandono buscando comida entre la basura y jaurías. Por otro lado, conversando con los locales, se hace evidente el dolor de la migración: el campo se está quedando sin manos jóvenes. La juventud migra a Huamanga o a otras ciudades en busca de oportunidades, debilitando la fuerza agrícola tradicional y la posibilidad de que los campesinos y ganaderos de la zona tengan una fuente de trabajo digna. El campo agoniza en mano de obra, y eso debe movernos a la reflexión.
Ha pasado una semana y sigo suspirando al recordar este viaje. Volver a Ayacucho fue una sesión de limpieza mental y espiritual. Me recordó que la vida avanza rápido, pero que detenerse a reconectar con las raíces —la casa donde creciste, la familia, el barrio, la música— es obligatorio para no perder el rumbo en el día a día.
El cierre del viaje no pudo ser más poético. Viajamos de regreso a Lima un 6 de julio, el Día del Maestro. De pronto, el piloto mandó un saludo por los altavoces a un grupo de profesores que iba a bordo; se escuchó aplausos y celebraciones. Segundos después, contagiados por la alegría, los profesores empezaron a cantar “Adiós pueblo de Ayacucho, perlas challay…”, sumando a muchos pasajeros en el coro.
Despegamos cantando, con el corazón lleno y una gran certeza: los ayacuchanos tenemos esa magia para hacer especial cualquier momento, hasta el despegue de un avión. ¡Gracias por tanto, mi Ayacucho!



