Blog de artículos

Comparto en esta sección diferentes artículos relacionadas a la gestión de proyectos y productos, estrategia organizacional, productividad, equipos de alto impacto, entre otros.

Volver a la tierra donde naciste es un remezón al alma. Tras meses lejos, una fiesta familiar fue la excusa perfecta para regresar por cuatro días a mi amado Ayacucho, el lugar donde están mis raíces.
Hoy, lidero junto a José, Ahumudo, una dark kitchen especializada en carnes ahumadas en Lima, Perú. Lo que para mi versión adolescente habría sido un castigo, hoy se ha convertido en mi mayor proceso de sanación.
Bajo el frío más crudo de los últimos veinte años, New York me conquistó. Entre el vértigo del Empire State y la mística del Templo Mahayana, descubrí una metrópoli que me dejó suspirando. Una danza entre tecnología, museos y calles que, a pesar de sus imperfecciones, amé apasionadamente. ¡Fucking New York!
He escrito sobre el susto que me llevé en Ayacucho. A veces, la vida te da un golpe (literal) para recordarte lo frágil que eres y lo afortunado que eres. Me tocó vivir un accidente, y esta es mi reflexión sobre la bendita plasticidad del cerebro y el amor incondicional de los que me rodearon.
Soy Sara, nací en la región de Ayacucho y crecí en su sierra. Pero lo cierto es que Ayacucho también tiene selva, y esta limita con las regiones de Huancavelica, Junín y Cusco. A esa zona la llamamos el VRAEM: un lugar cercano —y a la vez muy lejano— que no pude visitar… hasta este año, que finalmente fui. El VRAEM, o Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, es una zona conocida en el imaginario colectivo como peligrosa. Las noticias hablan de atentados, presencia de narcoterrorismo, accidentes por carretera. Incluso en la misma ciudad de Ayacucho se siente ese temor.
He descubierto que usamos comunicación violenta todos los días: con los demás, pero sobre todo con nosotros mismos. El resultado es evidente: vivimos en una sociedad cada vez más hostil, con niveles crecientes de suicidios, matanzas, intolerancia, y crueldad cotidiana. Nos cuesta nombrar lo que sentimos, conectar con nuestras necesidades y expresarlas sin culpar ni atacar.