Era una tarde de sábado de octubre perfecto. Visitar Ayacucho, reencontrarme con mi familia y desconectarme por completo: sin señal telefónica, sin WhatsApp. Solo la calma de las montañas, el verde de los árboles, y el sonido del río y las aves. Nos acompañaba la música y el baile de la banda en honor a la Festividad del Señor de los Milagros organizada por Tambo A, una comunidad del distrito de Vinchos en la región de Ayacucho, al sur de Lima.

Decidí ascender un poco al cerro para sumergirme en esa paz profunda que solo la montaña ofrece, contemplando la belleza del cielo y las nubes. Un auténtico deleite para los sentidos, un refugio sublime lejos de la estridencia de Lima: sin el estruendo de los autos, sin la opresión de los edificios gigantes.

Poco después, mi esposo, José, y mi hermana, Gabyto, me siguieron y se sentaron a mi lado en la pendiente del cerro, mirando la fiesta patronal. Entonces ocurrió: un golpe seco y brutal en el lado derecho de mi cabeza. Todo se volvió negro y me desmayé. José me sostuvo, impidiendo que rodara cuesta abajo.
Retomé la conciencia con un llanto asustado. Estaba desorientada y con una sensación de ardor insoportable en la cabeza. Me llevaron de inmediato a la posta médica de Arizona, a unos 20 minutos de distancia. Me atendieron con rapidez, lograron parar la hemorragia y me hicieron cinco puntos de sutura en la cabeza, previa rapada del cabello en esa zona. El doctor fue claro: pudo ser mucho peor. Afortunadamente, no perdí la vista, y el golpe se concentró en la superficie de mi cabeza.

Lecciones de aceptación y fortaleza
Ha pasado diez días y comparto las reflexiones más importantes que me ha dejado esta experiencia, un recordatorio de lo que está fuera de nuestro control:
- La fragilidad de la vida y el alivio: Pensar que la piedra pudo haber impactado a mi esposo o a mi hermana me estremece y me trajo alivio. La vida es así: los accidentes suceden y somos simplemente humanos. No hay culpa, solo realidad. Y como dicen, lo que no te mata, te hace más fuerte.
- El poder de la mente entrenada: Agradecí el poder de la meditación, la respiración y mi set de herramientas que he practicado antes. Esto me permitió afrontar el miedo, el dolor y el pánico inicial desde una perspectiva de aceptación, compasión y esperanza, en lugar de caer en la culpa o la rabia contra el mundo.
- Adaptación forzosa: El cuerpo impuso sus límites, detener mi entrenamiento preferido de boxeo, pesas, yoga, mis proyectos, y priorizar el descanso para sanar. Mi cerebro, con nuevos límites de productividad, me obliga a adaptarme y a ser más paciente con mi ritmo de vida.
- Fe en la ciencia y el cuerpo: Escuchar a los médicos y especialistas me recordó la asombrosa capacidad de regeneración y la bendita plasticidad del cerebro, la inteligencia natural de nuestro cuerpo. Queda esperar a que el hematoma sane por sí mismo, mientras yo me mantengo atenta a cualquier signo de alerta.
- Un privilegio llamado seguridad: Tuve acceso inmediato a atención médica y a un seguro. No todos lo tienen. En medio del miedo, entendí que estar a salvo también es un privilegio que merece gratitud.
Esta reflexión culmina con la lección más importante: la certeza del cariño. Ver y apreciar el amor incondicional de los que me rodean —desde mi esposo, que no dejó de abrazarme y darme aliento, mis padres y hermanas que me cuidaron incansablemente, hasta mi familia y amigos— me recuerda que soy inmensamente afortunada.

Escribo estas líneas también como tributo a mi primo Edmundo Suárez, a quien vi por última vez ese inolvidable sábado, acompañado de su hermoso Churro, su fiel compañero peludo. Descansa en paz, Edmundo. Agradezco haberte visto y abrazado ese sábado de octubre.




4 comentarios
Hola Sarita! Que tal susto te llevaste!! Me alegra que ahora estés recuperándote satisfactoriamente y te encuentres mejor emocionalmente (también) luego de haber integrado la sabiduría y fortaleza de pasar por un accidente tan fuerte.
Gracias por compartirlo, me encanta leerte.
Te mando un abrazote!
Gracias Cyndy por leerme, valoro mucho tus palabras. Un abrazo gigante 🙂
Valiente, como siempre, amiga. Me gustan tus reflexiones, incluso sobre esos momentos de tensión.
Gracias Jacquito por leerme 🙂