Hay decisiones que no se toman con una hoja de cálculo o un tablero de gestión; se pactan en silencio con uno mismo. En diciembre pasado tracé la meta para setiembre: Buenos Aires era el destino elegido.
No por casualidad figura de manera constante en el podio de las ciudades más deseadas de visitar a nivel mundial: su magnetismo arquitectónico, su vida cultural inagotable y su atmósfera bohemia explican esa fascinación. Porque ningún archivo digital, ningún video en alta definición ni ninguna llamada remota puede sustituir el impacto de la presencia absoluta.
Vivimos inmersos en un torbellino corporativa donde optimizamos tiempos, aceleramos entregas y pareciera que la vida transcurre sólo a través de esas pantallas bidimensionales.
Llegar a Buenos Aires fue un acto de reconexión, redescubrir el asombro a través de nuestros sentidos: el oído que distingue la vibración del tango en vivo dentro del Teatro Colón; la vista que se pierde en la silueta blanca del Puente de la Mujer contrastando contra el cielo de Puerto Madero; el tacto de la corteza centenaria de un gomero histórico o la masa crujiente de una empanada recién horneada.

I. Rostros detrás de los objetivos
Acompaño a organizaciones, líderes y equipos de alto rendimiento en el diseño y despliegue de sus metas estratégicas a través de OKRs. Me apasiona: alinear propósitos y ver cómo las ideas se materializan en resultados medibles. Sin embargo, gran parte sucede a través de pantallas y plataformas colaborativas.
Cruzar la pantalla para encontrarme en persona con mis compañeros de Team Wins y algunos equipos que coacheo fue un regalo (gracias Chicho, Álvaro, Carlos y al equipazo de Farmapay). Compartir un majestuoso asado a cargo del maestro asador Juan Campero. Todo ello reafirma una premisa de mi práctica: los OKR no tratan de métricas frías; tratan de personas alineadas bajo un sentido común de pertenencia.
Ese mismo orgullo lo experimenté al visitar los locales de Sabores Express. Probar sus empanadas allí mismo, cerró un círculo entre la visión trazada en el papel y el producto final.

II. Innovación, marcas de culto y volumen
El viaje se convirtió en una expedición de benchmarking para Ahumudo, nuestro proyecto enfocado en la cultura del ahumado artesanal y la proteína de alta calidad.
Observar de cerca fenómenos de retail gastronómico como Lucciano’s permite entender el poder del interiorismo inmersivo y la estética pop aplicada al clásico gelato artesanal.
En el segmento de comida rápida y fast casual, el ritmo de expansión de cadenas como Sabores Express, el despliegue de Kiddo con sus locales amplios y fachadas artísticas, la solidez masiva de Mostaza, o la ubicuidad de marcas icónicas de cerveza como Patagonia y el despliegue del bar Temple en múltiples corredores centrales, revelan un mercado dinámico que premia la escala y la identidad visual. Me sorprendió la penetración de Mercado Pago, solución de cobro digital en cada taxi, puesto ferial o cafetería.
En términos de abastecimiento y producto, la presencia de carne importada en los supermercados locales es prácticamente nula. Otra experiencia wow fue visitar la feria industrial TECNO FIDTA, explorando tecnología de punta para procesamiento cárnico, laminadoras de precisión y sistemas avanzados de envasado al vacío.

III. Entre el ritual del fuego y la vanguardia
La gastronomía muestra reverencia al pasado y audacia contemporánea. La experiencia Parrilla Don Julio fue un tratado de obsesión por el detalle. Desde la plancha utilizada minuciosamente para alisar las mantelerías antes del servicio hasta la atmósfera íntima de su cava subterránea —custodiando mesas donde han cenado figuras como Lionel Messi—, el restaurante demuestra por qué figura en la élite mundial: el lujo reside en la impecabilidad de los procesos.

Otros hallazgos en las caminatas fueron:
- El asado junto a las pistas en Roldán, respirar la tradición hípica.
- El dinamismo del Mercado de San Telmo, un hormiguero humano donde los mostradores de café de especialidad conviven con bodegones donde se bebe vino al paso.
- La sofisticación oculta de Florería Atlántico, donde una fachada de arreglos florales esconde un sótano cosmopolita de coctelería de autor y baños intervenidos con sonido envolvente de oleaje marino.
- La curiosidad de toparse con una cafetería innovadora como Nekofi en el renovado Barrio Chino, reflejo de una creciente escena nikkei y asiática.
Y, por supuesto, la sobremesa dulce: la textura de un flan tradicional elaborado a base de claras de huevo acompañado con dulce de leche, los clásicos alfajores de Cachafaz empacados como tesoros de regreso, y el café compartido bajo la cúpula de El Ateneo Grand Splendid, donde las estanterías de libros ocupan los palcos de un antiguo teatro, apoteósico.
IV. Del Tigre a la inmensidad cósmica
La travesía hacia El Tigre en tren, un almuerzo a la orilla del río del mismo nombre en Chapaleo, nos recordó la destreza argentina en los deportes de remo y su comunión con los ríos.
Sin embargo, el regreso navegando en lancha desde el Tigre hasta Puerto Madero quedará grabado como una de las mejores postales: ver emerger lentamente los rascacielos de Buenos Aires sobre las aguas marrones del Río de la Plata, como si fuesen piezas de Lego ordenadas en el horizonte.

Pararse al pie del imponente Obelisco produce ese mismo vértigo: descubrirse diminuta en el epicentro donde millones de personas celebran hitos colectivos. Caminar por Puerto Madero o recorrer la ciudad despliega una dinámica urbana singular:
- Resulta inevitable admirar la planificación del transporte público porteño, sus avenidas interminables como Libertador o 9 de Julio, y el respiro de sus pulmones verdes como el Rosedal o los Bosques de Palermo.
- Como petlover, mi atención iba inevitablemente puesta en las cuatro patas. Visité el Cat House de Royal Canin. Lo más grato fue no ver perros callejeros abandonados en los circuitos turísticos y tradicionales de la ciudad, además de ver muchos perros en las calles muy bien cuidados.
- Conversar con los taxistas abre una ventana: Las Malvinas y los vaivenes de la economía; vivir un inesperado corte de luz saliendo de la zona norte tras visitar el Barrio Chino; y cruzarse con los hinchas rumbo al estadio Monumental para un partido de River confirma que el fútbol aquí es una religión.
- La iconografía urbana: Las vitrinas de souvenirs y los murales callejeros muestran a figuras como Maradona, Messi o Mafalda como emblemas eternos de la cultura popular.
- La Reserva Ecológica Costanera Sur, un pulmón agreste y gratuito donde la tierra húmeda y las lagunas devuelven la calma; la solemnidad histórica del Cementerio de la Recoleta, rindiendo tributo a figuras como Sarmiento, expresidente argentino; y el circuito visual del Museo de Arte Moderno y el Museo Nacional de Bellas Artes.
El broche filosófico del viaje ocurrió bajo la cúpula del Planetario Galileo Galilei. Asistir a la proyección sobre agujeros negros supermasivos y contemplar la Luna en alta definición fue una dosis de humildad existencial. Frente a la inmensidad cósmica, nuestras urgencias cotidianas se empequeñecen: somos un destello en el universo, pero tenemos el privilegio de estar vivos, conscientes y dotados de sentidos para maravillarnos.
V. El valor de premiarse
Este viaje a Buenos Aires fue una inversión en perspectiva y en bienestar propio. Reconocer los logros, validar el esfuerzo sostenido y regalarse pausas de calidad es una responsabilidad indispensable.
Gracias, Buenos Aires, por recordarme el sabor de la presencia.
Para quienes llegaron hasta el final de estas líneas, les dejo este regalo, verso de Balada para un loco en la voz de Raúl Lavie:
«Quereme así, piantao, piantao, piantao…
Trepate a esta ternura de locos que hay en mí.
Ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!
¡Volá conmigo ya!, ¡vení, volá, vení!»


